Es bueno decir siempre la verdad... ¿o no tanto? | El Correo (2024)

Solange Vázquez

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Lunes, 28 de junio 2021, 00:08

Así arranca la conversación con Enrique García Huete, psicólogo clínico.

– ¡Hola, Enrique! ¿Cómo está?

– ¡Bien!

– ¿Hablamos de las mentiras piadosas?

– Sí, claro. Ya tiene una.

– ¿Cómo?

– Sí. Mire, según hemos empezado a charlar. Me ha preguntado cómo estoy y yo le he dicho «bien», tan contento. Pues no, no estoy muy bien. Ando con problemas de espalda. Pero ¿qué le iba a decir? Y así estamos todo el día, diciendo mentiras. De hecho, hay estudios que demuestran que, de media, una persona normal dice unas veinte al día.

– Eso es una barbaridad...

– Haga la prueba...

– Si yo no miento. Casi nunca.

– ¡Ahí va otra mentira! ¡Todos mentimos!

García Huete se regocija. La teoría de las veinte mentiras diarias puede que se quede corta. Si nos ponemos así de estrictos... Pero este tipo de cosas no son mentiras, ¿no? Bueno, la RAE define la mentira como «una expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa». Sinos ajustamos a esta acepción, sí, mentiríamos todos mucho más de lo que creemos, a menudo sin querer. De hecho, un estudio realizado en 1975 con 130 sujetos comprobó que solo el 38,5% de sus afirmaciones eran completamente honestas.

Pero hay muchas maneras de faltar a la verdad: no se debe asimilar siempre la mentira con un engaño de connotaciones negativas. Las hay de muchos tipos: «Durante el enamoramiento (cuando exponemos sólo nuestra mejor parte y ocultamos al otro los defectos), consustanciales (como decirles a los niños que existen los Reyes Magos para mantener la ilusión), para escaquearnos del trabajo, cuando recurrimos a la técnica del 'banco de niebla' (que consiste en callarse y tirar para adelante, ocultando que no estamos de acuerdo con algo), la mentira compulsiva (algo patológico para reforzar la autoestima)...», enumera García Huete, profesor de Psicología de la Salud en la Universidad Cisneros y director de Quality Psicólogos.

Ufff, pues sí que estamos rodeados de mentiras. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Muchas de ellas son mentiras blancas –como las llaman en inglés–, las 'buenas' éticamente hablando, las que decimos para reconfortar o no herir. Y los expertos suelen distinguir dos tipos dentro de este género: las que son verdaderamente altruistas, porque solo se benefician el 'mentido' o alguna otra persona, y las que también tienen un efecto positivo de alguna manera para el que miente. «Dices algo para animar o evitar daño a otra persona, pero también, de paso, eludes tú el conflicto, el 'marrón' de tener que decir las cosas como son, que a veces es muy duro», afirma García Huete.

Según un estudio de la Universidad de California, la modalidad altruista es más propia de las mujeres. Y, bueno, también de los niños. Un estudio con menores comprobó su propensión a mentir a alguien que acababa de dibujar algo. Si el autor se mostraba triste por las carencias de su logro artístico, los niños de siete años en adelante presentaban una clara propensión a mentirle para hacerle sentir bien. En cambio, si el creador manifestaba indiferencia acerca de su dibujo, le mentían menos.

«Hay estudios que indican que decimos unas veinte mentiras al día»

enrique garcía huete, psicólogo

«Kant defendía que la verdad debía estar por encima de todo... ¡Pero no podríamos vivir en sociedad soltando verdades al lucero del alba! Mentir es humano», recalca García Huete. Y necesario: la capacidad para decir mentiras piadosas es «una forma de competencia comunicativa que resulta necesaria para negociar con éxito las interacciones sociales», según resume Erin Bryant, de la Trinity University. Por supuesto, exageraciones y omisiones también pueden considerarse mentiras piadosas. Dice Bryant que resulta difícil establecer un consenso en la tipología del engaño, porque las percepciones individuales de la mentira son muy variables. Por eso establece una categoría intermedia que llama 'mentiras grises', donde se pueden englobar desde ambigüedades que el receptor puede interpretar de manera favorable hasta mentiras flagrantes que el emisor considera plenamente justificadas por el contexto.

Pero, ay, mentir (sea del color que sea la trola) siempre tiene un precio. «Contar una mentira afecta a más personas y no todas encuentran un motivo o una justificación para ello, hay quienes prefieren la verdad. Ese es el principal riesgo: al mentir, siempre hay alguien más al que le afecta ese acto, una 'víctima' a la que no le damos opción de elegir –advierte la psicóloga Gema Sánchez Cuevas–. Lo cierto es que las mentiras tienen muchos grados y dependen de las circunstancias».

En lo que coincide con García Huete es en que se miente mucho. «Me encantaría poder decir que sí se puede vivir sin mentir, pero la mentira es mucho más habitual en nuestras vidas de lo que pensamos. De hecho, no podemos olvidar que en ocasiones nos autoengañamos. Por lo tanto, si nos mentimos a nosotros mismos, ¿cómo no vamos a hacerlo con los demás? Aunque suene a tópico, soy de las que piensan que todo el mundo miente de uno u otro modo, aunque de cara a la sociedad nuestro discurso esté en contra de la mentira», recalca Sánchez Cuevas

Para ella, detrás de toda mentira (piadosa o interesada, da igual) está lo mismo: el miedo. Mentimos porque consideramos que, si decimos la verdad, pasará algo que no queremos «y tememos no controlar la situación o vernos perjudicados». Así que, como parece que evitar una vida de mentiras no es posible, vamos a ofrecer unas pautas para que, al menos, nuestros engaños piadosos se efectúen de la mejor manera posible, atendiendo al consejo de los psicólogos.

Lo primero es tratar de averiguar de antemano si la persona a la que vamos a mentir quiere ser 'engañada'. Quizá soporte la verdad mejor de lo que pensamos. Y lo segundo, hacerlo por ellos, no para ahorrarnos nosotros un mal trago. ¿Más claves? Si nos piden expresamente que digamos la verdad, es mejor hacerlo, eligiendo las palabras lo mejor posible u obviando la información más dura. Sí, ser un 'mentiroso piadoso' no es fácil.

  1. PARAELMENTIROSO: él también tiene miedo

    «Es beneficioso para él porque le evita tener que afrontar algo»

Los psicólogos recalcan que las mentiras piadosas tienen doble filo: buscan hacer un favor al 'mentido', pero también al que se escuda en ellas. «El mentiroso considera que es beneficioso para la víctima, pero la cuestión es que, en ese momento, también lo es para él, porque evita afrontar algo. Eso sí, en muchas ocasiones lo que no se afronta en un momento aparece más tarde, por lo que tan solo se parchean ciertas situaciones. Es decir, a la larga el beneficio no lo es tanto, sobre todo si se trata de temas relevantes –alerta Sánchez Cuevas–. Lo que ocurre es que, a veces, no es tan fácil mirar ciertas situaciones de frente, tanto a nivel individual como social, y «la mentira es algo a lo que recurrir para aliviarnos aunque solo sea de forma momentánea».

El psicólogo Enrique García Huete pone como ejemplo a las familias de pacientes con enfermedades graves. El médico les transmite la información y deciden, por la razón que sea, 'maquillársela' al enfermo «para no angustiarle más de lo que está».

Huete ha formado a médicos para dar malas noticias de la mejor manera posible, es decir, de la menos dañina, pero es una habilidad que no todos los profesionales tienen. ¿Ocultar información es mentir? «No del todo, y menos si es para beneficio de otro. Pero sí es mentir si te preguntan algo directamente y dices lo que no es», apunta el profesor de la Universidad Cisneros, quien considera que «minimizar, exagerar o generalizar» pueden ser otras formas sutiles de engaño.

  1. PARA EL 'MENTIDO': pacto de silencio

    «En el fondo, muchos también quieren creer aquello que les dicen»

Algunos estudios dicen que el cerebro 'detecta' las mentiras piadosas, aunque nosotros no seamos de todo conscientes de ello. Vamos, que tenemos una vocecita interior que nos avisa: 'Te están mintieeeendoooo por tu bien'. «A veces sabemos que eso que nos están diciendo no es verdad, pero también están esas veces que nos volvemos cómplices de la mentira sin saberlo, porque en el fondo también queremos creer aquello que nos dicen», indica Gema Sánchez Cuevas. «Además, hay signos fisiológicos, como un movimiento rápido de los ojos (porque dices una cosa pero piensas otra), que te delatan», añade García Huete. Y el 'mentido' traduce ese y otros signos.

Volvamos al caso del paciente al que diagnostican una enfermedad grave. Sus allegados le han ofrecido una versión 'light', aunque eso ya lo sabe él, consciente o inconscientemente. «Lo habitual es que a la mentira piadosa le siga un 'pacto de silencio': todo el mundo sabe, más o menos, lo que hay y lo que puede saber el otro, pero no se lo comunican entre ellos», apunta García Huete.

Así, podríamos decir que el receptor de la mentira les sigue el juego a sus allegados y, de alguna manera, también les hace un favor, evitándoles el mal trago de decir la verdad. «Hay pacientes que 'saben' pero no quieren oírlo de labios de nadie», añade el psicólogo. Esta postura puede ser una forma de ganar tiempo mientras se va digiriendo la situación, aunque el autoengaño también suele tener como trasfondo el miedo.

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